lunes, 18 de abril de 2011

Danza etérea

Un joven, cabello castaño, en esmoquin, pulcro, alto, excelente presencia y leve bigote...
Caminaba por las calles mirando a la luna... Luna llena para aquella mirada ilusionada; la luz de esta diluye la sombra y se divisa una caja que es sostenida por sus manos...

Entre sus pasos poco acelerados, y su largo caminar, contempla a una mujer de hielo que llevaba un largo vestido celeste hecho de agua, adornado con pequeñas plumas de fuego que colgaban de la parte parte inferior del vestido, casi a la altura de las rodillas...

Hermosa, impactante, radiante y de espectacular sonrisa; así se detallaba aquella mujer, que en el silencio de la oscuridad, su cabello largo se hondeaba al son del pasar del tiempo, lento, sencillo...


Ambas miradas se chocaron, y, sin decir una sola palabra, el extendió la caja. Ella aceptó la caja con mucho recelo, pero con una sonrisa, como recibiendo un tesoro de valor incalculable.

Ella mira la caja, y regresa la mirada al joven del esmoquin, el contesta a este gesto con una sonrisa, y le hace una señal para que abra la caja.
Ella abre la caja y sus ojos se quedan estáticos ante la caja, pues, esta estaba vacía.
Regresa su mirada al joven apuesto y este la mira con ternura y vuelve a sonreír; de pronto se escuchaba al viento gritar de manera desesperada y luego de esto una gran ráfaga de aire los "impacta".

Cerraba sus ojos con tal prosa, que parecía que nunca perdería de vista a la luz, pero con el viento que seguía su curso, el joven lentamente en cenizas se convirtió, y todas giraron alrededor de la chica y se posaron dentro de la caja que yacía abierta.

La mujer soltó una lágrima, y a la caja... la cerró. Volvió a abrirla para intentar ver si regresaba, pero esas cenizas en un par de zapatos se habían transformado.
Extrañada, y con total inseguridad, decidió sacarlos y usarlos, y bailar en nombre del joven que había desaparecido entre cenizas.

Bailaba, y bailaba, como si no existiesen las horas, despreocupada de que salga el sol....
Le acompañaba una música instrumental exquisita, una mezcla de un bossa nova y un tango, un aroma a limón reflejado en música.
Con cada paso que daba una gota de su vida se derretía, con cada giro que daba su existencia se veía exigida, pero su alma en el aire descansaba esparcida; así siguió hasta que dio su última vuelta, un último giro, una última sonrisa, y cayendo al piso, con sus piernas recogidas, simplemente sucumbió.

Se transformó en agua y sólo su vestido quedó; a su vestido se le terminó la forma y de sus zapatos mojados, sólo cenizas quedó.
Una última ráfaga de viento era la que terminaba la música, y otra vez, la ceniza que yacía esparcida se reunió. Dio forma al joven y bajo la luz de aquella misma luna, recogió su caja y nuevamente caminó.

Caminó por las calles sin rumbo cierto, esperando volver a encontrar otra dama de hielo que quiera bailar~